
A lo largo de mi experiencia como orientadora escolar, he aprendido que detrás de muchas conductas que llamamos “desinterés”, “pasotismo” o incluso “rebeldía”, suele haber una historia más profunda. Una de las situaciones más frecuentes que pude observar en los niños y adolescentes es que, cuando se sienten perdidos frente a nuevos aprendizajes, prefieren protegerse detrás de la imagen de “no me importa” antes que arriesgarse a parecer incapaces.
A veces damos por hecho que, si un niño entiende una explicación o realiza un ejercicio correctamente un día, podrá hacerlo igual al siguiente. Sin embargo, para muchos alumnos, el aprendizaje no es lineal. Hay conceptos que se les escapan, instrucciones que no comprenden del todo o contenidos que no terminan de conectar con sus experiencias previas.
Y cuando se dan cuenta de que a los demás parece resultarles más fácil… aparece el miedo.
No siempre es un miedo evidente, no hablan de él, no piden ayuda, simplemente aparece disfrazado.
Es la coraza que se ponen del “me da igual”.
La respuesta defensiva más habitual es aparentar indiferencia.
Frases como:
- “No lo hago porque no quiero.”
- “Es que esto es una tontería.”
- “Me aburro.”
Son formas de evitar decir:
- “No sé por dónde empezar.”
- “Tengo miedo de fallar.”
- “No quiero que piensen que soy tonto.”
Ningún niño quiere sentirse inferior.
Ser “pasota” duele menos que sentirse incapaz.
Cuando un estudiante parece haber tirado la toalla, es fácil centrarse solo en la conducta: la falta de esfuerzo, la desgana, la desconexión.
Pero como orientadora, mi trabajo me recordaba cada día que lo más importante es hacer la lectura emocional que acompaña a esa conducta.
Preguntas sencillas, hechas desde la calma y sin juicio, pueden abrir puertas que ni imaginamos:
- “¿Qué parte ves más complicada?”
- “¿En qué momento empezaste a sentir que te costaba?”
- “¿Qué necesitarías para sentirte más seguro?”
Cuando sienten que pueden hablar sin ser etiquetados, es sorprendente cómo cambian las dinámicas.
Acompañar sin presionar
He comprobado que lo que más ayuda a los niños en estas situaciones es ofrecer un espacio donde equivocarse sea seguro. Donde el error no se viva como una amenaza, sino como una etapa natural del aprendizaje.
Pequeñas estrategias pueden marcar una gran diferencia:
- Dar pasos más pequeños y visibles.
- Celebrar avances reales, no solo resultados.
- Modelar el error como algo común.
- Validar sus emociones: “Entiendo que te frustre; a veces aprender cosas nuevas puede incomodar.”
Cuando un niño siente que su valor no depende de “acertar”, la coraza del pasotismo empieza a desaparecer.
La importancia de la mirada adulta
En el cuento que he escrito: No soy un extraterrestre, hablo mucho de la mirada y es que cuando cambiamos nuestra mirada hacia el alumno, el alumno cambia su mirada hacia sí mismo.
Si vemos al niño como alguien que “no quiere”, acabamos actuando desde la confrontación.
Si lo vemos como alguien que “no puede… todavía”, actuamos desde el acompañamiento y la diferencia es enorme.
Pautas y reflexiones finales para el profesorado
El reto de acompañar a estudiantes que se esconden tras una actitud de aparente desinterés no es sencillo. Sin embargo, la intervención docente puede marcar una diferencia enorme en su seguridad y en su forma de relacionarse con el aprendizaje. Estas son algunas claves que he visto funcionar a lo largo de los años:
1. Mirar la conducta como un mensaje, no como un desafío
Antes de interpretar el “pasotismo” como falta de voluntad, merece la pena preguntarse:
¿Qué está tratando de proteger este alumno?
Esa pregunta, sencilla pero poderosa, cambia el enfoque y abre la posibilidad de intervenir desde la comprensión en lugar de la confrontación.
2. Crear un clima emocional seguro
Cuando el error se vive como fracaso, el miedo se vuelve más grande que la motivación.
Promover un aula donde equivocarse sea parte natural del proceso disminuye la necesidad de ponerse armaduras defensivas.
3. Desglosar tareas y hacer visible el progreso
A muchos alumnos no les falta capacidad, sino un camino claro. Dividir los contenidos en pasos pequeños y mostrarles lo que sí han logrado, aunque parezca mínimo, refuerza su sensación de competencia y reduce la ansiedad de “no poder”.
4. Enseñar estrategias, no solo contenidos
Muchos niños se “pierden” porque no saben por dónde empezar, cómo organizarse o cómo pedir ayuda. Dedicar tiempo a enseñar habilidades metacognitivas y de autorregulación les da herramientas reales para avanzar.
5. Validar sus emociones sin minimizar
Frases como “No es tan difícil” o “si te esforzaras más…” pueden aumentar la sensación de incapacidad.
En cambio, validar “Entiendo que te frustre, a veces aprender cosas nuevas cuesta”, abre la puerta a que se sientan comprendidos y más dispuestos a intentarlo.
6. Utilizar el humor y la cercanía como puentes
La relación es un recurso pedagógico.
Un comentario ligero, un gesto amable o una pequeña broma pueden desactivar tensiones y permitir que el alumno se sienta acompañado, no evaluado.
7. Colaborar con otros profesionales
La mirada del tutor, del profesor especialista, del orientador o del equipo directivo se complementan. Compartir observaciones y diseñar estrategias conjuntas permite intervenir de forma más coherente y eficaz, muy importante: sin juzgar ni poner etiquetas.
Cuando lo “fácil” no es tan fácil
A menudo he escuchado en las aulas frases como “esto es muy fácil” o “si prestaras atención, lo entenderías enseguida”. Y aunque para el profesorado esos contenidos realmente resulten sencillos, porque los dominan, los han explicado muchas veces y forman parte de su campo de especialización, para muchos alumnos no lo son.
Lo que para el adulto es evidente, para el niño puede ser un terreno completamente nuevo.
El riesgo de repetir que algo “es fácil” es que, cuando el alumno no lo entiende, la conclusión a la que llega no es: “necesito más ayuda”, sino: “si esto es fácil y no me sale, entonces el problema soy yo”.
Y ese pensamiento es exactamente el que empuja a algunos estudiantes a protegerse detrás del “pasotismo”. Prefieren parecer desinteresados a sentirse insuficientes.
Por eso es tan valioso que el docente pueda acompañar desde otra perspectiva, evitando dar por sentado que todos parten del mismo nivel, de las mismas vivencias o de las mismas oportunidades previas. Nombrar la dificultad, reconocerla y validarla no hace el aprendizaje más duro: lo hace más humano.
“A veces, la diferencia entre rendirse o avanzar es la mirada de un adulto que sabe escuchar.”